La quema de los libros de la biblioteca de don Quijote

June 26, 2026

(Reproducimos aquí un extracto del Capítulo VI del libro “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra. El Capítulo se denomina “Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería”. Ocurre que en la casa de don Quijote estaban el cura y el barbero del lugar, grandes amigos de don Quijote, y el ama les estaba diciendo:

—¡Desventurada de mí! Estos malditos libros de caballerías le han vuelto el juicio. ¡Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha!

La sobrina decía lo mismo, y aún más.

—Eso digo yo también —dijo el cura—, y a fe que no se pasará el día sin que sean condenados al fuego.

Llegó entonces el labrador con grandes voces y todos salieron. Llevaron a don Quijote a la cama y le hicieron mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que es lo que más le importaba. Luego entraron todos en el aposento donde estaban los libros autores del daño, para llevarlos al corral y hacer una hoguera. Mas el cura quiso leer antes los títulos…)

C A P Í T U L O VI

Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería

cual todavía dormía. Pidió á la sobrina las llaves del aposento donde estaban los libros, autores del daño, y ella se las dió de muy buena gana. Entraron dentro todos, y el ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y así como el ama los vió, volvióse á salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:

—Tome vuestra merced, señor licenciado, rocíe este aposento; no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encante, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.

Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno á uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.

—No, dijo la sobrina; no hay para qué perdonar á ninguno, porque todos han sido los dañadores: mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.

Lo mismo dijo el ama, tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dió en las manos fué los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:

—Parece cosa de misterio esta; porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y así, me parece que, como á dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin excusa alguna, condenar al fuego.

—No, señor, dijo el barbero, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como á único en su arte, se debe perdonar.

—Así es verdad, dijo el cura, y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto á él.

—Es, dijo el barbero, Las Sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de Gaula.

—Pues, en verdad, dijo el cura, que no le ha de valer al hijo la bondad del padre: tomad, señora ama, abrid esa ventana, y echalde al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.

Hízolo así el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.

—Adelante, dijo el cura.

—Este que viene, dijo el barbero, es Amadís de Grecia, y aun todos los deste lado, á lo que creo, son del mismo linaje de Amadís.

—Pues vayan todos al corral, dijo el cura, que á trueco de quemar á la reina Pintiquinestra, y al pastor Darinel y á sus églogas, y á las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante.

—Dese parecer soy yo, dijo el barbero.

—Y aun yo, añadió la sobrina.

—Pues así es, dijo el ama, vengan, y al corral con ellos.

Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera y dió con ellos por la ventana abajo.

—¿Quién es ese tonel? Dijo el cura.

—Este es, respondió el barbero, Don Olivante de Laura.

—El autor dese libro, dijo el cura, fué el mismo que compuso á Jardín de flores; y, en verdad, que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, ó, por decir mejor, menos mentiroso; sólo sé decir que éste irá al corral por disparatado y arrogante.

(…)

Abrióse otro libro y vieron que tenía por título El caballero de la Cruz.

—Por nombre tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su ignorancia; mas también se suele decir: tras la cruz está el diablo. Vaya al fuego.

(…)

Todo lo confirmó el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo.

(…)

Y sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral.

No se dijo á tonta ni á sorda, sino á quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela, por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana.

Por tomar muchos juntos, se le cayó uno á los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vió que decía Historia del famoso Caballero Tirante el Blanco.

—¡Válame Dios! Dijo el cura, dando una gran voz: ¿que aquí está Tirante el Blanco? Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Kirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es éste el mejor

libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demás libros deste género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que lo compuso, pues no hizo tantas necedades sino de industria, que le echaran á galeras por todos los días de su vida. Llevadle á casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.

—Así será, respondió el barbero. Pero ¿qué haremos destos pequeños libros que quedan?

—Estos, dijo el cura, no deben de ser de caballerías, sino de poesía; y abriendo uno vió que era la Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo (creyendo que todos los demás eran del mismo género): Estos no merecen ser quemados como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que son libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero.

—¡Ay, señor! Dijo la sobrina, bien los puede vuestra merced mandar quemar como á los demás, porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.

—Verdad dice esta doncella, dijo el cura, y será bien quitarle á nuestro amigo este tropiezo y ocasión de delante.

(…)

—Este es, siguió el barbero, El cancionero, de López Maldonado.

—También el autor dese libro, replicó el cura, es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran á quien los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas; pero nunca lo bueno fué mucho: guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es ese que está junto á él?

—La Galatea, de Miguel de Cervantes, dijo el barbero.

—Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte, que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y, entretanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.

(…)

Cansóse el cura de ver más libros, y así, á carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero que se llamaba Las lágrimas de Angélica.

—Lloráralas yo, dijo el cura en oyendo el nombre, si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fué uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fué felicísimo en la tradución de algunas fábulas de Ovidio.

 

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