Durante siglos, los abogados hemos operado bajo la premisa de tener el monopolio exclusivo de las normas. Resguardados tras el antiguo aforismo iura novit curia y montañas de expedientes, nos erigimos como los únicos intérpretes legítimos de la ley y los códigos. Sin embargo, ese paradigma, que sostuvo la práctica jurídica durante generaciones, ha llegado a su fin. Hoy, el texto legal ya no es el único lenguaje que rige la conducta humana; el código informático y los algoritmos dictan, cada vez con mayor fuerza, las fronteras reales de nuestra libertad.
A mis colegas litigantes y a los estudiantes de derecho se les presenta un ultimátum: si nos aferramos a la tradición y nos negamos a desarrollar un pensamiento lógico y matemático frente al arrollador avance de la ciencia y la tecnología, nuestra profesión está condenada a una inminente obsolescencia. La Inteligencia Artificial generativa no solo está transformando la eficiencia operativa de los despachos o automatizando tareas repetitivas; está alterando la estructura misma del razonamiento jurídico. Ya no basta con dominar la retórica y la hermenéutica clásica. Para defender los derechos en el siglo XXI, es imperativo comprender la arquitectura lógica que sostiene a las máquinas que procesan nuestros datos.
Pero la advertencia no es unilateral. A los matemáticos, científicos e ingenieros también les ha llegado la hora de rendir cuentas. Sus ecuaciones, modelos predictivos y redes neuronales ya no ocurren en el vacío aséptico de un laboratorio. Al diseñar los sistemas que deciden quién recibe un crédito, quién es sospechoso de un delito o qué información consumimos, están reescribiendo la ética y las normas que rigen a la sociedad entera. Como bien nos advierte la filosofía contemporánea —desde la inquebrantable moral kantiana que exige tratar a la humanidad siempre como un fin, hasta las incisivas críticas de Byung-Chul Han sobre la tiranía de la sociedad digital—, ninguna métrica está exenta de consecuencias humanas. ¿Están los desarrolladores tecnológicos verdaderamente preparados para enfrentar la insondable complejidad de sus propios cálculos?
La modernidad nos tendió una trampa: nos aisló en saberes excesivamente especializados, creando profesionales de visión estrecha, ciegos a otras disciplinas. El sociólogo y el desarrollador de software dejaron de hablarse; el jurista y el matemático se dieron la espalda. Hoy, la Inteligencia Artificial destroza, sin pedir permiso, esas fronteras artificiales y nos exige un retorno urgente al Pensamiento Complejo.
Nos enfrentamos a la necesidad ineludible de forzar un diálogo profundo entre la frialdad de la ciencia exacta y el humanismo innegociable que debe inspirar todo ordenamiento jurídico. No podemos permitir que la tecnología avance desprovista de dirección moral (el derecho sigue siendo moralidad pública), ni que el derecho se petrifique en la ignorancia tecnológica.
Es el momento de sentarnos en la misma mesa. Por ello, los centros de pensamiento deben convertirse en el ágora de este siglo. Este es un llamado a romper nuestros propios cercos intelectuales.
El algoritmo ya está tomando decisiones; de nosotros depende enseñarle, desde la pluralidad de nuestros saberes, qué significa realmente la justicia, o algo más concreto y menos manipulable ideológicamente, el Estado de derecho, como diría una de nuestras profesoras invitadas, la doctora en filosofía política de London School of Economics, Paola Romero.
Jairo García Méndez
(Fuente: EL IMPULSO.com)