Les voy a confesar un secreto: los escritores, por mucho que digamos que escribimos para entendernos, para ordenar el mundo, para responder a las preguntas que nos obsesionan o, como escribió Marguerite Yourcenar, para saber qué escribiríamos si escribiéramos, no decimos del todo la verdad. Escribimos para que nos lean. Escribimos esperando que, en algún momento, alguien abra el libro que hemos escrito, que entre en él y lo haga suyo. Que encuentre una frase que le acompañe, una historia que le conmueva, una idea que le contradiga o, simplemente, unas horas de felicidad.
Y ahí entran en juego quienes están al frente de una biblioteca, que, junto con las librerías, son los lugares donde los libros se acercan a los lectores. Los bibliotecarios y las bibliotecarias (permítanme que en adelante las nombre en femenino, pues son mujeres en su gran mayoría) son quiénes hacen posible ese encuentro. Porque entre un libro escrito y un libro leído hay una distancia enorme. Hay miles de títulos, novedades que se suceden, lectores que no saben qué elegir, libros que pueden pasar años esperando en una estantería… Y están ellas, que saben acercar un libro a las manos adecuadas.
A quienes desempeñan esa tarea se les llama mediadores. La palabra no me parece especialmente bonita, aunque entiendo lo difícil que resulta encontrar un solo término que reúna todo lo que son y lo que hacen. Puestos a buscar, a mí me gustaría más llamarlas celestinas, porque su trabajo se parece mucho a lo que hacían aquellas urdidoras de encuentros.
La RAE define a una celestina como una mujer que concierta una relación amorosa; ¿y no es eso, ayudar a que se produzca un match entre un libro y un lector, lo que hace una bibliotecaria? También podríamos llamarlas guardianas del conocimiento. O sembradoras de curiosidad. O tejedoras de vínculos. O recolectoras de asombro. O tendedoras de puentes. O creadoras de refugios.
Porque las bibliotecas dan refugio a los libros, pero sobre todo dan refugio a las personas. Dan refugio al niño que todavía no sabe que le gusta leer, a la muchacha que necesita documentarse para un trabajo escolar, a quien quiere aprender, a quien asiste al club de lectura o a alguna de las muchas actividades que organizan. A quien entra cada semana a por una novela. Y también a quien no se lleva ningún libro, pero encuentra allí un lugar en el que sentirse acompañado.
Las bibliotecas dan refugio también a las preguntas, a la curiosidad y a las conversaciones. Y dar refugio parece poca cosa hasta que uno piensa en todos los lugares en los que ya no queda sitio para estar sin comprar nada, sin justificar por qué estamos allí, sin tener que demostrar una per tenencia.
Una biblioteca es un lugar en el que cualquiera puede entrar. Y esa palabra, cualquiera, es importante. Porque cualquiera puede entrar en una biblioteca y llevarse a casa a Cervantes, a Virginia Woolf, a la última Premio Nobel de Literatura o al escritor que acaba de publicar su primera novela. Cualquiera puede sentarse a leer el periódico, estudiar unas oposiciones, descubrir un autor, aprender algo que ayer desconocía. En una biblioteca, el acceso a la cultura no depende del dinero que uno tenga. Y eso es algo extraordinario.
Hoy se celebra el Día de las Bibliotecas y pienso especialmente en las bibliotecas rurales. El día a día de muchas de ellas está condicionado por problemas muy concretos que abordan cada vez que se reúnen: presupuestos insuficientes, horarios que no abarcan tanto como nos gustaría, espacios que necesitan mejoras, falta de personal, fondos que necesitan renovarse, actividades que sacar adelante…; pequeñas y grandes dificultades con las que se encuentran a diario las bibliotecarias para hacer su labor. Son retos que rara vez aparecen en los grandes discursos sobre la cultura, pero que determinan cada jornada de trabajo.
Es necesario hablar de todo ello, de todos los desafíos a los que se enfrentan cuando abren la puerta de la biblioteca cada mañana. Pero también es necesario recordar por qué merece la pena enfrentarse a esos problemas con la determinación con la que lo hacen: por el niño que entra por primera vez solo, por curiosidad, y semanas después empieza a llevarse libros a casa. Por la mujer que descubre, por casualidad o por la recomendación entusiasta de la bibliotecaria, a una autora que ya no abandonará. Por el hombre que viene a leer el periódico y acaba quedándose a una charla. Por el adolescente que necesita un sitio donde estudiar porque en su casa no puede hacerlo. Por la persona mayor para quien pasar por la biblioteca forma parte de su rutina y que quizá algunos días necesita más la conversación que el libro. Por la lectora que entra preguntando: «¿Qué me llevo?.
Esa pregunta me parece maravillosa, porque esas tres palabras tan sencillas encierran un mundo entero. Quien la formula no está pidiendo únicamente un título. Está diciendo: tú me conoces, sabes qué he leído, qué me gustó, qué dejé a medias, qué necesito ahora. Pon algo en mis manos. Y eso significa confianza.
Las bibliotecarias, especialmente las rurales, conocen bien a cada persona que entra en su biblioteca. Saben quién acaba de descubrir la novela negra, quién necesita libros de letra grande, qué niño se ha aficionado a los cómics, qué persona llevaba meses sin venir, quién está pasando por un momento difícil y quizá agradezca una lectura determinada. Conocen los gustos de sus lectores y también sus cambios. Han visto crecer a unos, envejecer a otros, o a algunos alejarse de la lectura en momentos en que la vida se lo ha puesto difícil y regresar después.
Eso les da una posición de privilegio: les permite conocer muy de cerca a su comunidad. Ese conocimiento, construido conversación a conversación, préstamo a préstamo, año tras año, es uno de los patrimonios más valiosos de una biblioteca. No aparece en ningún catálogo, tampoco en ninguna estadística, pero es algo que vale oro.
El trabajo de las bibliotecarias vale oro, y hoy, en su día, tenemos una ocasión perfecta para reconocerlo y agradecérselo.
Eva Cosculluela*
*Escritora y traductora. Este texto fue el cierre del III Encuentro de Bibliotecarias de la Provincia de Zaragoza organizado por la Diputación Provincial de Zaragoza y la Asociación de Bibliotecarios Municipales de Aragón.